Una convicción llamada Kirchner

Año 5. Edición número 215. Domingo 1 de julio de 2012

Moyano no dejó maniobras por hacer en el último playón destituyente que montó la corporación mediática. Insultó a la Presidenta, ofendió la memoria de Néstor Kirchner, dictó un paro general desde TN y festejó que taparan el tanque de un camión que lucía orgulloso el nombre de “YPF”.
Del ridículo se puede volver.
Cualquiera comete un grotesco y recupera la compostura luego. Pero descalificar a Néstor y Cristina es descalificar la historia popular reconstruida dignamente a partir de ellos dos, es meterse con las Madres, las Abuelas y los Hijos, es mofarse del dolor de millones de argentinos que siguen extrañando a Néstor, es humillar a una generación diezmada por la dictadura cívico-militar, generación que fue reivindicada por primera vez desde la política por este nuevo Estado.
De ese agravio no se vuelve fácilmente.
Las ofensas proferidas en estos días van en línea directa con el espinazo del golpismo en América latina.
Cualquier excusa le viene bien al golpismo para horadar la legitimidad democrática de nuestros gobernantes.
Por allí empiezan siempre los procesos desestabilizadores.
Como si Magnetto, o como se llame, ordenara satanizar las figuras de Lugo, Correa, Dilma, Chávez, de Evo y de Cristina para después avanzar por el modelo de país que nos gobierna.
Los misiles que parten de las redacciones de Clarín y La Nación apuntan contra la esperanza colectiva y la credibilidad popular. Montan campañas para desprestigiar las políticas de empleo e inclusión. Resisten el Impuesto a las Ganancias, como antes resistieron las retenciones móviles.
Mienten con la cantinela de que la Asignación Universal y la recaudación del tributo “van a parar a los casinos”, como señalaron en distintos momentos Macri, Sanz y ahora Moyano.
Atacar la memoria de Kirchner, el presidente que nos sacó del olvido y la resignación, se inscribe en ese mismo objetivo inconfensable.
Para retroceder al punto inicial de nuestros peores males, nada mejor que destruir la imagen de Kirchner en el consciente y el inconsciente colectivos.
Y así como no hubo excesos de la dictadura, no hay exabruptos de estos opositores.
Pero si estuviéramos equivocados, preguntaríamos entonces: ¿En qué país vive Binner que dice ver una Argentina del caos, incendiada por la crisis, igual o peor que Grecia y que por eso impulsa “un gobierno de concertación”?
¿Es el mismo país que le dio a Moyano la tutela de la democracia para “permitirle” a la Presidenta que termine su mandato?
Que el árbol no nos tape el bosque. Si el árbol hoy es el mínimo no imponible de los ingresos y la extensión de las Asignaciones, discutámoslo, pero hasta comprobar, ante propios y extraños, que en realidad están buscando desfinanciar al Estado y dinamitar la política de redistribución equitativa del ingreso.
En un mundo en caída libre, es de buena gente hacer lo posible y lo imposible para evitar que se caigan del trabajo y la inclusión nuestros compatriotas de la América latina.
Y en un país que construye y reconstruye su propia identidad, su producción, su consumo, sus derechos igualitarios como sociedad, es de buena gente guardar el mínimo respeto a quienes lo hicieron posible. O al menos guardar una pizca de pudor.
Ni Néstor, ni Cristina ni este pueblo se merecen tanto agravio.
Qué curioso. También Moyano, como la oposición de Clarín, dice que las conquistas de estos años son anécdotas favorecidas por "el viento de cola".
"Impecable", lo indultó Melconián ante las cámaras. Y entonces llama a Chazarreta y resulta que el humilde laburante es uno de los millones de trabajadores que recuperaron el trabajo y gana más de 10 mil pesos netos por mes y que por eso comparte los tributos con sus hermanos de clase que siguen postergados.
El pez muere por la boca, porque lo que se mostró de ejemplo se llama kirchnerismo.
Más allá de las miserias humanas y caído el telón de este último escenario, se demuestra que estamos navegando en las aguas torrentosas de la puja distributiva por el ingreso y el poder.
Ésa es la cuestión de fondo.
No es fácil cuando los que más tienen, quieren todo. Así el patrón, como algunos dirigentes.
En ellos, la palabra solidaridad está en el discurso, pero no figura en el asiento contable.
Cada uno de nosotros toma partido en esta puja que parecía sellada para siempre por la dictadura y el neoliberalismo. De esto no se hablaba más en la Argentina.
"Total, siempre hubo pobres", decía Menem.
Hasta que llegó Kirchner. Y después Cristina. Y el tablero se movió hacia un mismo lado, previsiblemente: hacia un país industrializado, desarrollado, inclusivo, con un Estado que volvió a tener reservas, que comparte ganancias con los que menos tienen, que se juega la vida en la unidad de América del Sur, que juzga el genocidio y el terrorismo de Estado, que se enfrentó a los sectores retrógrados de la Iglesia que fueran sus cómplices, que dijo no al Alca, al FMI y al monopolio Clarín.
Como decía Kirchner: "Nos atacan no por nuestros defectos, sino por nuestros aciertos".
Y la centralidad de los trabajadores en el proyecto de país, el protagonismo de la juventud en esta etapa histórica, el modelo de desarrollo económico con inclusión social, la defensa irrestricta de los derechos humanos, la nueva ley de medios de la democracia y la unidad latinoamericana, como políticas de Estado, son pilares de esos aciertos.
La legitimidad de estas políticas es lo que cuestionan los factores de poder corporativo.
Esta maniobra frustrada de Moyano, como aquella del 2008 con el lockout de la patronal rural y luego el "Grupo A" en el Congreso, son eslabones cocidos en el mismo horno que utilizó el Parlamento paraguayo para destituir al presidente Lugo, sublevar la policía en Ecuador y en Bolivia, dar el golpe en Honduras e intentarlo en Venezuela.
Esta vez les salió muy caro: en la Cumbre de Mendoza el golpismo paraguayo fue suspendido, Venezuela es miembro pleno del Mercosur y la Patria Grande consolidó su unidad.
Las convicciones de Kirchner no quedaron en las puertas del cielo. Andan entre nosotros.

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