Vargas, Arbenz y Perón

Año 5. Edición número 215. Domingo 1 de julio de 2012

Tras haber gobernado durante 15 años seguidos, entre 1930 y 1945, Getulio Vargas fue reelecto para la presidencia de Brasil en 1951. Si algo no le faltaba era experiencia en la gestión y confianza en el pueblo; sin embargo, Vargas, el 24 de agosto de 1954, en su oficina, se pegó un tiro en el corazón. Los grupos golpistas habían empezado la campaña desestabilizadora unas semanas antes. El testamento del Padre de los Pobres no deja lugar a dudas. Empieza y termina de un modo que tiene vigencia en estas horas de América latina: “…No me acusan, me insultan; no me combaten, difaman de mí; y no me dan el derecho a defenderme. Necesitan apagar mi voz e impedir mi acción, para que no continúe defendiendo, como siempre defendí, al pueblo y principalmente a los humildes. Sigo lo que el destino me ha impuesto. Después de décadas de dominio y privación de los grupos económicos y financieros internacionales, me hicieron jefe de una revolución que gané. Comencé el trabajo de liberación e instauré el régimen de libertad social (…) Luché contra la privaciones en el Brasil. Luché con el pecho abierto. El odio, las infamias, la calumnia no abatirán mi ánimo. Les daré mi vida. Ahora les ofrezco mi muerte. Nada de temor. Serenamente doy el primer paso al camino de la eternidad y salir de la vida para entrar en la historia”.
Dos meses antes, la CIA y un grupo de militares locales desalojaban a Jacobo Arbenz de la presidencia de Guatemala. Había asumido democráticamente tres años antes. Su discurso inaugural era un desafío a la United Fruit y a otras multinacionales La operación de la CIA se basó en que la Casa Blanca consideró inadmisible que Arbenz ordenara revisar la contabilidad de la United Fruit para la evaluación de las tierras que le expropiaría en función de la reforma agraria en marcha en ese país. Cuando lo rodearon las tropas, Arbenz salió del Palacio de Gobierno con las manos en alto y en un trámite exprés lo mandaron al aeropuerto para fletarlo a México, no sin antes hacerlo desnudar ante las cámaras de la televisión norteamericana. Las imágenes fueron cuidadosamente editadas para no perturbar a los corazones protestantes de los millones de seguidores de la doctrina Monroe.
Juan Domingo Perón, desde el principio de su presidencia en 1946, vislumbraba la necesidad de un sur americano unido. Tomó el llamado Plan ABC (Argentina, Brasil, Chile), que originalmente fue diseñado por José María da Silva Paranhos Junior, el Barón de Río Branco, fundador de la política exterior del Brasil y creador del moderno Itamaraty. El plan era de principios del siglo XX, cuando no faltaban rumores de guerra entre Brasil y Argentina, siempre alimentados por los intereses de las oligarquías locales y de Estados Unidos y Gran Bretaña.
La idea de acercar Brasil a la Argentina pesaba mucho en la estrategia de Perón porque Vargas, pese a ser un líder popular, cuidaba celosamente la relación con Estados Unidos: era parte de la política del Estado de la aristocracia paulista. El 21 de septiembre de 1951, durante un agasajo ofrecido al embajador del Brasil, Perón quiso que le llegaran los elogios a Vargas: “Nosotros, los argentinos, compartimos el profundo pensar de este ilustre brasileño, al decir que la Argentina y Brasil, en esta hora incierta de la humanidad, unidos nos salvaremos; nos salvaremos de cualquier acechanza del destino o de cualquier mala situación que pueda venir en los tiempos venideros”. Una semana después, Perón conjuraba el primer levantamiento golpista, liderado por el general Benjamín Menéndez. No estaba claro si los conspiradores contaban con apoyo explícito de intereses transnacionales, pero estaba claro que eran una herramienta de la oligarquía que veía con desesperación que el comercio exterior estuviera nacionalizado y que el precio del trigo y la carne fuera fijado para terminar las rentas extraordinarias de ese sector privilegiado, acostumbrado a ejercer el poder en la Argentina.
Perón insistió con su idea del ABC. Sus palabras más directas al respecto las pronunció el 11 de noviembre de 1953, en la Escuela Nacional de Guerra, cuando la situación económica empezaba a mostrar el agotamiento del modelo de sustitución de importaciones sin alianzas externas y el clima político ponía en evidencia que los sectores medios eran la base de cualquier aventura antidemocrática. Esas palabras de Perón se dieron a conocer muchos años después, en 1967, cuando el General estaba en el exilio en Madrid. Tienen una vigencia extraordinaria y algunos párrafos son reveladores de cómo los líderes populares siempre supieron la importancia estratégica de esta región del planeta. Perón se refiere a los dilemas que enfrentaría el planeta: “Resulta también indiscutible que la lucha fundamental en un mundo superpoblado es por una cosa siempre primordial para la humanidad: la comida. Ese es el peor y el más difícil problema a resolver (…) De la fortaleza de Sudamérica en términos de sus recursos naturales y su capacidad de producción de alimentos nacen también sus riesgos mayores: los países superpoblados y superindustrializados que no disponen de alimentos ni de materia prima (…) podrían emplearlo para despojarnos de los elementos de que nosotros disponemos en demasía con relación a nuestra población y a nuestras necesidades”. Perón consideró que Argentina debía tomar la iniciativa para sumar a sus vecinos al proyecto de integración económica: junto a Brasil y Chile “conforman quizás en el momento actual la unidad económica más extraordinaria del mundo entero, sobre todo para el futuro, porque toda esa inmensa disponibilidad constituye su reserva”. Perón había logrado consensuar con el presidente chileno Carlos Ibáñez, pero la poderosa diplomacia de Brasil se oponía. “Itamaraty –sede de la Cancillería– ha soñado, desde la época de su Emperador hasta nuestro días, con una política que se ha prolongado a través de todos los hombres que han ocupado ese difícil cargo en el Brasil. Ella los había llevado a establecer un arco entre Chile y el Brasil: esa política debe ser vencida con el tiempo y por un buen proceder de parte nuestra”. Según varios historiadores revisionistas, entre ellos el uruguayo Alberto Methol Ferré, en la desestabilización de Vargas y su suicidio, la alianza con la Argentina era un factor decisivo. La oligarquía brasileña no estaba dispuesta a semejante paso. Lo sucedido en la Argentina es conocido: menos de un año después de que estallara el corazón de Vargas, las bombas de los marinos argentinos hacían estragos en la Plaza de Mayo en una húmeda y neblinosa mañana porteña. El asesinato masivo de personas al boleo era el prólogo del golpe de septiembre de 1955. Fue la manera de avisar que estaban dispuestos a matar no a un par de centenares de ciudadanos que deambulaban por las calles sino a los que fueran necesarios. Digamos, por poner una cifra, a 30.000.
Estas páginas de la historia parecen estar presentes en el eco de la reciente resolución de Mendoza: Brasil y la Argentina se acercan de la mano de sus estadistas, Cristina Fernández de Kirchner, Dilma Rousseff, con la participación del gran oriental José Mujica. Los conspiradores que empezaron por Paraguay saben que Dilma y Pepe conocieron las torturas y las cárceles diseñadas en la Escuela de las Américas. Saben que Cristina es implacable en la lucha contra la impunidad de los genocidas. La jugada más contundente que tomaron este viernes en Mendoza es un reto a que nunca más se repitan las historias de pisotear la hermandad latinoamericana: la invitación a Venezuela para ser parte de una alianza poderosa del Sur que mire al Sur.

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