El viejo Lou Prentice se seca las gotas de transpiración que le corren por la cara y se saca el gorro. Nunca aguantó mucho el calor. Con el frío se lleva bien, en cambio. Se jubiló en 1928 y el crac del ’29 lo dejó en las calles de Atlanta: viejo, viudo, sin casa, sin ninguna posibilidad de conseguir trabajo, con su hijo Jerry y sus nietos viviendo allá lejos en Los Ángeles, se acostumbró a los grados bajo cero. Pero el calor, ah, el calor lo vuelve loco. “¿Rojo, maestro? –pregunta sin ningún ánimo de obtener respuesta, por decir algo que lo saque del malhumor que tiene–. ¿Tenía que ser rojo? Leer mas »